Capítulo 1-2 Gratis - El reino de Nita

Capítulo 1-2 Gratis

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DÍA 1 – ¡SORPRESA!

Un rayo de sol atraviesa el cristal diáfano de mi habitación, obligándome a abrir los ojos. Mis párpados luchan por no tener que enfrentarse a la línea de luz que serpentea alrededor, pero es inevitable, ya estoy despierto. Miro alrededor: la mesa de diseño blanca desorganizada y llena de papeles situada justo debajo de la gran ventana, el sillón beige del rincón no me gusta en absoluto, tengo que cambiarlo; lo mejor de todo es la cama, qué buena inversión, este colchón de látex me ha supuesto descanso y con ello buenos despertares.

Es martes, me siento con energía y optimismo como práctica- mente cada día de mi vida. Hoy va a ser un día caluroso, el verano está aflorando… ¡qué afortunado soy!

Mi mente comienza a procesar las tareas a realizar en el día de hoy, entre tanto me coloco una camisa a cuadros en tonos azules de Ralph Lauren, los pantalones negros vaqueros, el reloj de cuero marrón en mi mano izquierda, en la que siempre llevo un regalo especial, el anillo. Ese símbolo que nos une, y que tan sólo él y yo conocemos.

A primera hora tengo cita con el médico en el hospital privado de San Juan, después recogeré a mis compañeros Mauro y Alex, les prometí que les ayudaría con la mudanza. Espero no llegar muy tarde a la oficina, debo reunirme con los directivos de Mustilac, a ver qué les parece nuestro modelo de negocio. Aunque antes me gustaría desayunar con mi querida Elena, últimamente con tanto ajetreo no le he prestado la atención que merece.

(Suena un teléfono) “Hermano, estoy llegando a la oficina. Come on, son las 12.15 de la mañana, buena hora, siempre es buena hora. Nos vemos en menos de un minuto”.

Mientras estoy aparcando el coche en el parking exterior del edificio, en el que se encuentran nuestras oficinas. Observo por el retrovisor a un hombre que se acerca tranquilamente con semblante serio a mi coche. Antes de apagar el motor, y sin darme tiempo a abrir la puerta, el hombre ha llegado hasta mí, me indica que baje la ventanilla del vehículo.

Bajo la ventanilla y lo miro detenidamente, usa gafas y parece bastante bajito, la severidad no desaparece en ningún momento de su desagradable rostro.

Apague el motor y salga del coche —dice mientras me enseña una placa de policía nacional—. ¿Noah Esclapez? —asiento tímida- mente—. Está detenido por tráfico de drogas y armas1, no toque nada —añade al quitarme las llaves de la mano derecha, acercándose lo suficiente como para detectar la colonia barata que debe usar cada mañana—. Acompáñeme —mi cerebro está tratando de procesar las indicaciones que me van dando—. ¿Lleva algún estupefaciente?

No —respondo serenamente, mirándole intensamente con mis azulados e inocentes ojos.

No hace falta que me mienta, lo averiguaremos de inmediato.

No me percato al principio, pero al mismo tiempo que el policía me está asediando con una serie de preguntas, se trata del jefe de la unidad, veo cómo otro policía, mujer en este caso, entra a registrar mi coche. No encuentran nada.

Jaime, el compañero de trabajo que me acompañaba en el coche, el cual he dejado en la puerta de la oficina con la intención de que me espere, me mira con cara de incredulidad. Otro policía le está pidiendo que se identifique pero Jaime no figura en la lista de personas que la policía está buscando.

Sigo al jefe de policía —que, además de bajito, como suponía, es prácticamente calvo— hasta un BMW serie 1 de color azul marino aparcado justo enfrente de la entrada de la oficina.

Entro al coche, atónito ante la situación que estoy viviendo, me encuentro a Marcos, mi socio. El pleno significado de alivio recorre mi cuerpo pero tiene la mano unida con preocupación, la cual me avisa de que sigue conmigo, produciendo un escalofrío que atraviesa toda mi espalda.

¿Qué pasa, hermano? —me dirijo a Marcos.

No lo sé, estoy como tú, a cuadros. Me estaban esperando aquí en la oficina a que llegara, han cogido todas mis cosas, el móvil, las llaves del coche, el portátil. Me han dicho que estoy detenido por tráfico de armas y drogas, y que vamos a mi casa a que la registren —me cuenta Marcos.

Va vestido de punta en blanco, nunca se le escapa ningún detalle. <<Vaya tío>>, sonrío para mis adentros.

¿Sabes de qué va todo esto? —le miro preocupado pero calmado, él me transmite seguridad, me hace sentir bien saber que lo tengo a mi lado.

No, sólo eso, ¡que de momento no nos pueden decir nada más…! —exclama con la arrogancia y confianza en sí mismo que le caracteriza.

En la puerta de la oficina todavía está Jaime, se ha unido Juan. Este último sin reparo se nos acerca al coche y por la ranura de la ventanilla que nos han dejado abierta para que el bochorno que se acumula dentro del coche disminuya nos pregunta qué ocurre, le digo que no se preocupe, que en un rato volveremos a la oficina, estoy convencido de ello.

Ellos están sorprendidos pero nosotros no les transmitimos en ningún momento inseguridad. Se han percatado de que las personas que nos retienen son de la policía secreta. Prefiero que nuestros co- merciales y personas conocidas no estén al tanto de esta situación que tiene pinta de ser circunstancial, espero que no lo comenten con nadie.

Uno de los policías se acerca y le pregunta a Juan.

¿Qué estás fumando? ¿No será un porro?

No, es tabaco de liar —extrañado responde y le muestra el cigarro.

Bien —dice el policía mientras se aleja dirección al coche dejando a Juan desconcertado.

Marcos

Sentado en mi Mercedes descapotable, con pantalones de pinza, una camisa ceñida de color perla con puños blancos y gemelos dorados, la cual me da un aire distinguido, superficial tal vez, pero sobre todo un toque especial de elegancia, me dirijo a la oficina. Acabo de hablar con Noah, hemos quedado allí en un par de minutos.

Giro la calle hacia la izquierda, me quedan cien metros para llegar a la oficina, no hay nada de tráfico a estas horas. De pronto me he dado cuenta, lo he visto.

No es la primera vez que la policía secreta acude en mi búsqueda. Me habían relacionado varias veces con tramas que nada tenían que ver conmigo.

Antes de llegar a la zona del parking mi coche se rodea de policías, todos vestidos de paisano, son la secreta. Tengo un flashback de la última vez que me sucedió algo parecido, salía de un restaurante y en la misma entrada estaban esperándome. En aquella ocasión fueron más discretos y sutiles.

Me siento tranquilo, me parece una situación incluso divertida.

Marcos, por favor, no opongas resistencia porque estás detenido por tráfico de drogas y armas. Acompáñanos a nuestro coche, queremos hablar contigo. No pasa nada, estate tranquilo, también estamos esperando a Noah —me muestra la placa que lo identifica como policía, advierto el detalle de que es jefe de policía.

Se llevan el coche, veo cómo una mujer lo capota, se trata de otra policía. Me llama la atención, me recuerda a alguien aunque no con- sigo adivinar a quién. Sigo sintiendo tranquilidad, y más cuando me dicen que Noah se encuentra en la misma circunstancia. Eso me da la seguridad de que definitivamente están equivocados, mi confianza hacia Noah es plena, es un trozo de pan, nunca ha estado involucrado en ningún problema, imposible que esto vaya con nosotros.

Vemos llegar el coche de Noah. En total son cinco policías, tres por un lado más otro coche con dos más.

——Mira, Noah acaba de llegar, vamos a por él —dice la mujer policía.

Sé a quién me recuerda, se parece a la actriz que interpreta a la hermana de la serie de televisión Dexter, qué cosas. Morena con mechas rubias, media melena ondulada, las facciones de la cara marcadas, con una nariz resultona y un mentón que le da un aire masculino, pero en general no está nada mal.

¡Gracias a Dios, me lo traen! Noah camina cabizbajo, no com- prende nada de lo que sucede.

En el ambiente palpo la tensión, una tensión que me dice que no va a ser tan fácil, que no nos van a dejar marchar de manera sencilla, aunque esa sensación lucha constantemente con la de que todo irá bien.

Justo antes de que Noah se introduzca en la parte trasera del BMW junto a mí, me empieza a preguntar otro policía:

Marcos, ¿tienes algún impedimento en que registremos tu vivienda?, ¿te opones?

Nunca nadie ha registrado mi casa, nunca me han hecho esta solicitud, estoy empezando a sentir un estrés que no tenía hasta el momento. No, no me opongo.

Casualmente, tengo unos invitados que están pasando unos días en casa. Inevitablemente comienzo a preocuparme por si alguno de ellos estará en el piso, o por si nos cruzaremos con algún vecino.

Noah

Nos hemos puesto en marcha. Vamos dirección a casa de Mar- cos, ubicada en el centro de Alicante, dos policías delante y otro en la parte trasera con nosotros. Estamos muy apretados e incómodos. Me quejo. Con actitud muy afable el policía, sentado entre Marcos y yo, contesta que es cierto que siente la incomodidad.

De vez en cuando me descubro a mí mismo temblando, a pesar de que escucho cómo los policías nos dicen que no nos preocupemos, que es un simple procedimiento, que hemos de ir a casa de Marcos, es un registro rutinario dada la situación en la que nos encontramos.

<<¿Qué situación?>>, me pregunto.

Hemos llegado, aparcamos a cien metros de la entrada de casa de Marcos, tenemos que esperar al secretario judicial y al jefe de la unidad, que van en coches distintos para empezar con el registro. La calle está transitada, nos encontramos cerca de la zona del Barrio de Alicante, la más antigua, a mi parecer bonita y con encanto.

Permanezco a solas con uno de los policías, el cual se queda custodiándome, los otros dos han ido a casa de Marcos junto con el secretario judicial que ya ha llegado guiado por el jefe de la unidad.

Espero que todo se resuelva cuanto antes, no entiendo mucho la situación, a decir verdad —suelto de repente.

No estoy autorizado para hablarte del caso, pero no te preocupes, seguro que todo saldrá bien —me dice en tono tranquilizador—. Si te has fijado no hemos utilizado ni las esposas con vosotros, ¿sabes por qué?

Pues no tengo ni idea —respondo.

Al 99% de personas que detenemos los ponemos directamente contra el coche, requieren de más agresividad, y les colocamos las esposas sin dudarlo. Pero vosotros no sois conflictivos según el historial que conocemos, como en principio no hay riesgo de fuga os tratamos con más condescendencia.

Ya… —<<¿Qué espera que diga, gracias y todo? Cojones tiene la cosa>>.

Vosotros lo que tenéis que hacer es dedicaros a lo vuestro, eso de los coches, y dejaros de historias raras.

Las palabras del policía no me hacen sentir mejor, algo no me encaja, no sé si están tratando de calmarnos pero intuyo que son todo mentiras. Además, me cabrea la forma que tiene de hablar de nuestro negocio, “eso de los coches”.

Era principios de 2009 cuando me di cuenta de que mi hobby me estaba dando unos beneficios sustanciosos, y que era hora de convertir ese hobby en un negocio consistente. Por entonces mis principales ingresos provenían de los seguros e inversiones y Marcos cooperaba conmigo en cierto modo, nada serio, más bien ocasionalmente. Un día nos sentamos y pensé que él podía ser el mejor socio y compañero con el que podía contar. Me sorprendió su entusiasmo ante la idea de tenerlo en cuenta, su iniciativa y apuesta ante la idea que le proponía: compra-venta de coches.

Esta compra-venta tendría un escaparate, donde luego abrimos nuestras oficinas, y al mismo tiempo aprovecharía la vinculación que tenía con el tema de los seguros, pudiendo ofrecer varios servicios

simultáneamente. El negocio estaba claro, eran los coches, una buena negociación de compra nos permitía unos suculentos precios de venta, junto con los otros servicios.

El volumen de venta fue de la mano del incremento de los beneficios, lo que requirió contratación de comerciales. La red comenzó a crecer rápidamente, sobre todo en los últimos meses”.

Me molesta tanto que hablen despectivamente, “eso de los coches”, cuando ESO ya le gustaría al policía que tengo delante de mí sentado haberlo creado.

Realmente no entiendo por qué registran la casa de Marcos y la mía ni la han mencionado, no entiendo cómo funciona el sistema, no comprendo el procedimiento que están siguiendo.

Estoy perdido.

Marcos

Las llaves de mi casa tintinean en mi mano izquierda mientras subo las escaleras seguido por la mujer policía, el jefe, evidentemente el que lleva las riendas. Se retrae con el secretario judicial, un hombre alto, delgado e inexpresivo que no repara en saludarme, qué falta de educación. No mezclemos legalidad con respeto, aunque empiezo a sospechar que ante la justicia los conceptos se tornan tan abstractos que ni ellos saben delimitar las fronteras.

Afortunadamente no hay nadie en casa. Yo me someto a un orden extremo en cualquier ámbito de mi vida, creo que debería mirármelo, no es algo normal, el piso está impecable.

Firmo la orden, no tiene sentido que me niegue, para qué dar sospechas cuando no tengo nada que ocultar; aunque fumo diaria- mente marihuana, lo único que podrían encontrar, se acabó el otro día y no he vuelto a traer a casa.

El registro está siendo muy leve, ni siquiera hay un perro que pueda ayudar a inspeccionar minuciosamente, tratan muy bien el mobiliario. Espero que no se atrevan a poner sus manos sobre el

delicado sofá rojo de piel italiano, tan sólo tiene un mes y no me haría ninguna gracia que lo ensuciasen.

No mueven prácticamente los muebles, no oigo que toquen nada de las habitaciones ni del baño.

Dudo de que si tuviese algo en casa lo encontrasen.

Buscan armas, pastillas, planchas de cocaína, todo tipo de estupefacientes ilegales.

Me hallo siguiendo los movimientos de los invasores de mi morada cuando el jefe de policía interrumpe mis pensamientos.

¿No te acuerdas de mí, Marcos? —con una mirada provoca- dora se atreve a preguntarme.

¿Cuál es tu nombre? —le pregunto girando mi cabeza hacia él, fijando mis ojos marrones en su fea calva.

Mi nombre es Javier Rivero —aparece una media sonrisa en su lánguida y delgada boca.

Pues no, no me acuerdo.

Yo estaba bajo de tu casa el día que os reunisteis aquí mismo con ‘el Colombiano’.

Veo a mucha gente al cabo del día debido a mi trabajo, así que no sé de quién me hablas ni de cuándo —realmente no tengo ni idea, quiere sacar una información inexistente. “¿Qué me estás contando?” me apetecería contestarle.

Ese día estaba abajo observándolo todo, vi esa transacción de drogas que hicisteis.

Perfecto —replico burlándome, mientras acaricio los gemelos de mi camisa, me siento seductor.

Dime, ¿cuánta cantidad de droga estás pasando semanalmente? Hemos hecho cálculos y estimamos que entre dos y tres kilos de co- caína seguro que estás pasando.

Estoy alucinando, mi cabeza empieza a trabajar, decenas de imá- genes se amontonan, me remonto a aquel día, aquel maldito día que por lo visto me va a pasar factura.

Marcos, ya tenemos al Colombiano, ha sido arrestado. Cada vez quedan menos piezas en el puzle. Si cooperas todo será más fácil y rápido —manifiesta el jefe de policía, sin embargo no logra sus- pender mis pensamientos.

Fran es amigo de Noah de la infancia, fueron compañeros de escuela. El colega que conservas para tomarte algo, intercambiar batallitas y poco más.

Sabía a lo que nos dedicábamos así que llamó a Noah y le dijo que tenía un amigo que podía estar interesado en el negocio del que somos socios Noah y yo desde hace más de dos años, el cual he de decir nos está dando unos resultados excelentes, teniendo en cuenta que España está sumergida en una creciente crisis financiera, política y moral desde hace unos años.

—‘El Colombiano’ tiene muchos contactos, tiene sus trapicheos por ahí, ya sabes —le comentó Fran.

A mí eso me es indiferente, si a él le interesa el negocio lo demás a mí ni me va ni me viene —contestó Noah—; él consigue clientes y nosotros le damos la comisión correspondiente.

Finalmente, acordamos vernos en mi casa el jueves 24 de febrero al mediodía. Por entonces todavía no habíamos adquirido la oficina, así que nos tocaba reunirnos en mi casa o en la de Noah, e incluso a veces en restaurantes o cafeterías.

Llegaron Fran y ‘el Colombiano’, les presentamos el negocio, cómo funcionaba, las ventajas y los posibles beneficios. No sabría decir si estaban interesados o no, ya que sus caras no me daban mucha información.

Forma parte de nuestra estrategia seguir en contacto con comer- ciales potenciales, por ello seguimos llamándonos durante varias se- manas.

Si al final no están interesados la comunicación cesará, pero no debemos dejar de intentarlo a priori, ya que no podemos prever cómo piensa cada persona y arriesgarnos a perder a un fichaje.

Accediesen o no al negocio, e independientemente de la decisión de ‘el Colombiano’, Fran y Noah seguían compartiendo esa trivial amistad”.

Después de quedarme paralizado durante unos segundos reproduciendo mentalmente escenas, componiendo la conversación que tuvimos ese día, serenamente y con voz altiva contesto:

No tengo intención de entrar en tu juego, es realmente ridículo, lo que estás diciendo carece de sentido —estamos en mi casa, no pienso tolerar que me acusen en el único sitio en que me puedo dar el lujo de sentirme medianamente protegido. Me lo puedo permitir en este momento.

Termina la conversación. Tras un registro infructuoso para ellos nos dirigimos de nuevo a la calle. Pero antes le espeto:

¿Cuál es el procedimiento? Porque me habéis dicho que si no encontrabais nada en casa, mi socio y yo podíamos irnos.

No, tenemos que ir a la comisaría de Benalúa, hemos de dejar constancia de que el registro ha sido realizado.

Pero si acabo de firmar, con eso ¿no queda más que comprobado? —pregunto desesperado. Tengo prisa, reuniones que atender, clientes por los que preocuparme, y detesto perder el tiempo.

No, tenéis que ir a la comisaría con nosotros y contestar algunas preguntas —objeta sin dejar lugar a una palabra más.

Estudiando la situación me doy cuenta de que los teléfonos han sido confiscados, nuestra comunicación con el mundo es nula, me gustaría llamar a mi abogado, no entiendo la situación, y no confío en estas personas ni en la legalidad de sus actos.

Cuando vuelvo al coche me encuentro con que Noah está preocupado por lo mismo que yo, a veces parece que nos leamos el pensamiento incluso desde la distancia.

No paramos de mirar el reloj, estamos nerviosos, en la oficina estarán preocupados, habrán cancelado las reuniones.

Noah

Marcos vuelve con sus “guardaespaldas”. No han encontrado nada. Ya lo sabía, amigos, qué forma de perder el tiempo.

¿Cómo que ahora nos vamos a la comisaría de Benalúa? Esto tiene que tratarse de una broma muy pesada, está fuera de mi realidad, no me gusta nada.

Definitivamente, no vamos a mi casa.

Intento sustraer información a los policías, me hacen creer que la situación no es grave, que nosotros no tenemos ningún problema pero que necesitan de nuestra cooperación. Las pruebas en nuestra contra son míseras, algunas escuchas me dicen (¡pero qué escuchas ni qué mierda!), pero nada de material, estupefacientes ilegales o armas, continúan diciendo.

Me quedo pasmado. Nos han estado espiando. Esto es de película.

Sigo preguntando cómo vamos a volver a nuestra oficina y quién nos va a llevar luego a por los coches. En ese momento ya no hay contestación, sólo sonrisas, silencio, perversas sonrisas. Entonces uno de ellos nos dice que probablemente tengamos que volver en taxi, que no nos pongamos nerviosos.

2

PRIMER ENCUENTRO

Estoy sentada esperando a que aparezcan. Ahí están. Me sobresalto. Estoy un poco nerviosa y

emocionada, me estoy enfrentando a una tesitura completamente nueva para mí.

Marcos y Noah, los tengo justo delante de mí. No me los imaginaba en absoluto de esta manera cuando recibí aquella llamada hace tan sólo unas semanas.

Tania, ¿cómo estás? —Genial. Ya sabes, inmersa en mi proyecto literario. —Quiero proponerte algo. —Soy toda oídos. —Unos amigos se encuentran en una situación complicada y uno

de ellos está entusiasmado con la idea de publicar un libro con la historia, quieren hacer llegar a la gente la situación que les está tocando vivir.

Mmm… y ¿qué quieres de mí?

Es obvio: que tú la escribas.

¿De veras? Bueno, pues dale mi número y es cuestión de hablar a ver si me interesa.

Te va a interesar, lo sé.

Colgó. A los pocos minutos recibí la siguiente llamada, no me pude resistir. No era sólo la amable y divertida voz que se encontraba al otro lado del teléfono, era esa historia que me contaba, era la forma en la que lo hacía, era un conjunto de emociones.

Mis pensamientos quedan relegados y la realidad cobra protagonismo.

Decido levantarme. Qué vergüenza, el vestido se ha quedado enganchado y casi lo desgarro completamente. La ropa tan delicada no va conmigo. Afortunadamente, ellos no se dan cuenta del percance.

Nos presentamos. No dan rodeos, vamos directamente al meollo del asunto.

Empieza Marcos a romper el hielo y comenta: “El haber pasado todo con Noah, me supone un estrés por el hecho de que él ha sufrido mucho, aunque al mismo tiempo para mí ha sido una maravilla”, dice literalmente.

Entiendo lo que me quieren transmitir, han sido un hombro donde llorar, una mente que puede leer los pensamientos del otro.

Egoístamente les comento: “Es como el refrán: ‘Mal de muchos, consuelo de tontos”, comentario ante el que ambos asienten.

Forman una pareja peculiar, denotan complicidad en las miradas, armonía cuando se expresan respetando el turno de palabra uno del otro, confianza sin medida desvelando sus reflexiones, siendo completamente francos uno con el otro, incluso delante de mí.

Continúa Marcos: “En el momento en que me enteré de que a Noah lo relacionaban tanto como a mí con esta mierda, pensé que se iba a solucionar con facilidad, a mi lado tenía a una persona que jamás ha estado vinculada a nada relacionado con drogas, y mucho menos con armas”.

De hecho no he probado nunca ninguna droga, ni siquiera me gusta el tabaco”, añade Noah.

Noah es tan dulce, y Marcos tiene un punto atractivo singular con su larga melena. Me cuesta imaginarme a estas dos personas entre rejas.

Físicamente son totalmente distintos… Noah es rubio y tiene la cabeza rapada, intensos ojos azules y unos labios carnosos; Marcos, sin embargo, es el típico guaperas, tanto por sus modelitos como por su atlético cuerpo.

Noah se dispone a continuar. En este momento la aflicción do- mina su cara rechoncha, es evidente que va a contarme algo que le duele o al menos que le cuesta comprender y manejar.

NOTA ACLARATORIA: El PDF original está diseñado en formato libro.

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