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Hoy te escribo desde el continente Africano, en concreto Ghana

No te puedo contar todavía, o no sé si lo haré, por qué estoy aquí, lo comprenderé más adelante.

 

“¿Cómo que no sabes por qué estas ahí?, ¿habrás ido por alguna razón?” pueden surgir estas preguntas.

 

La realidad es que lo intuyo pero No lo sé.

 

Nos cuesta sobremanera descansar en la duda, descansar en el No sé.

 

La actitud filosófica es algo tan sencillo, a la par de valiente, como preguntarme:

¿quién soy?

¿Cuál es el propósito de la vida?

¿qué me roba la paz y no quiero admitir?

¿qué es vivir en bienestar?

¿qué me está obstaculizando el camino?

¿qué podría mejorar en mi vida para vivir con más serenidad?

 

La dificultad aparece, habitualmente, cuando necesito encontrar una respuesta y no admito que no la haya.

Atreverme a no contestarlas, a dejarlas abiertas requiere aceptación y disposición a ver la verdad. No agarrarnos a la primera respuesta tranquilizadora que silencie nuestras dudas y preguntas; cuando hacemos eso estamos apagando el fuego del discernimiento así como del criterio propio.

 

Seamos honestos ¿cuántas de las respuestas que afirmamos como certeras no son propias?: sino comprensiones ajenas, de algún maestro o figura que es un referente y que al tener aroma de verdad, resonar con esas ideas las hacemos propias sin realmente haberlo experimentado y digerido uno mismo;

Otras veces, es la pereza la que nos sucumbe, no quiero esperar ni trabajar más en mi camino, así que “esa respuesta” me vale.

También el miedo, la incertidumbre no la sostengo y prefiero una falsa certeza que abrirme y admitir que No sé.

 

Hay cosas que hemos saboreado, y sentido de primera mano, pero el comienzo de la sabiduría como el querido Sócrates nos recuerda, es admitir que no sé.

Las certezas que pretendo tener ¿son mías? o ¿son prestadas y de segunda mano?

 

Estos días en Ghana han sido muy movidos, tras acabar un proceso judicial que lleva pesándome una década (sí, una década así sin exagerar), en la que me han declarado Absuelta, y en el que no voy a profundizar por ahora, se supone que debía sentir un alivio.

Estamos tan sujetos “a lo que deberíamos sentir” que eso nubla nuestro sentir profundo y verdadero.

 

“Si se rompe una relación o alguien fallece, he de sentir tristeza y pena.

Si me voy de viaje o me ascienden en el trabajo, he de sentir excitación, emoción, motivación.

Si alguien hace algo por mí, debo sentir agradecimiento.

Si alguien está sufriendo, debo sentir su pérdida y quizás no esté bien que yo me sienta feliz con lo que no me lo permito…y un largo etcétera”.

 

Lo que yo siento es que ahora mismo todo está mal y que no sé por qué estoy aquí.

 

Todo está mal porque siento limitadas mis preferencias.

Todo está mal porque la carga y pesadez de este proceso me ha drenado mucho.

Todo está mal porque el contexto en el que me encuentro es lo más antagonista posible a mi estilo de vida.

Todo está mal porque hay guerras continuamente y me llena de dolor la ignorancia del ser humano.

Todo está mal y yo permanezco en mi contentamiento y serenidad.

Todo está mal y aprendo a descansar en el No sé.

 

No sé qué va a ocurrir, admito que no sé por qué estoy aquí, asumo mi limitada capacidad de acción y efecto en el mundo.

 

Descansar en el No lo sé me lleva a saber que cuando sea el momento lo comprenderé. Pero no voy a inventarme respuestas que sostendrán una mentira tras otra, algo que en algún momento volverá como un boomerang y me dará una Hostia de realidad.

 

¿y, cómo sé que lo comprenderé?

 

La confianza básica, la confianza en la vida me ha probado una y otra vez que ha sido así y que lo será.

 

He confiado durante esta década que se me declararía absuelta, no porque la justicia exista -eso es una falacia- sino porque he construido mi confianza en unos cimientos sólidos, una verdad desnuda; esa misma confianza la extrapolo a cualquier dimensión vital. Y eso me permite descansar en No sé qué me va a traer la vida, especialmente en momentos de tormenta, dolor y tonos grisáceos.

Pero Sé y confío en que el camino se desvela a cada paso y puedo ver la Belleza.

Durante esta década he tenido momentos en los que mi mente se iba a los peores escenarios, he tenido situaciones que no deseo a nadie, pero que nunca las he visto como el fin, sino parte del proceso, y siempre terminaba rindiéndome a CONFIAR.

 

Cultivar la confianza entre otras cosas requiere conectar con el sentir profundo de uno mismo, desde donde podemos seguir alimentando el fuego del discernimiento, entendiendo que no “debo hacer nada” sino que quiero o no hacerlo en base a una elección y criterio propio.

 

Esto me ha enseñado que no hay nada tenga que sentir o “lo que se supone que tengo que sentir”.

 

 En el deber me pierdo, me nublo, en el querer me despierto, avivo el fuego.

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